Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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dio a conocer, no consiguió que le permitiesen la entrada en la fortaleza. A fuerza de instar, amenazar y
ordenar, logró que un centinela avisara a un sargento para que éste a su vez advirtiera al mayor.
Fouquet tascaba el freno en su carroza, a la puerta de la Bastilla, y aguardaba la vuelta del sargento, que
por fin reapareció con cara avinagrada.
--¿Qué ha dicho el mayor? --preguntó Fouquet con impaciencia.
--El mayor se ha echado a reír, --contestó el soldado, --y me ha dicho que el señor Fouquet está en
Vaux, y que aun cuando estuviese en París, no se levantaría tan temprano.
--¡Voto a tal! sois un hato de pillos, --exclamó el superintendente lanzándose fuera de la carroza.
Y antes de que el sargento hubiese tenido tiempo de cerrar la puerta, Fouquet se coló por la abertura y si-
guió adelante a pesar de las voces de auxilio que profería aquél.
Fouquet iba ganando terreno, sin hacer caso de los gritos del sargento, que al fin le alcanzó y dijo al cen-
tinela de la segunda puerta:
--¡Cerradle el paso!
El centinela cruzó la pica ante el ministro; pero éste, que era robusto y ágil, y, además, estaba exaspera-
do, arrancó de las manos del soldado la pica y con ella le santiguó de firme las espaldas, sin olvidar las del
sargento, que se acercaba en demasía. Los apaleados pusieron el grito en el cielo, y a sus voces salió todo el
cuerpo de guardia de la avanzada, entre cuyos individuos hubo uno que conoció a Fouquet y que, al verlo,
exclamó:
--¡Monseñor!... ¡monseñor!... ¡Amigos! ¡deteneos! Efectivamente, el que de tal suerte acababa de expre-
sarse detuvo a los guardias, que se disponían a vengar a sus compañeros.
Fouquet ordenó que abriesen la reja; pero le objetaron que la consigna lo prohibía. Entonces mandó que
avisaran al gobernador; pero éste, ya informado de lo que sucedía, se adelantaba apresuradamente blan-
diendo la espada a la cabeza de veinte soldados y seguido del mayor, en la persuasión de que atacaban la
Bastilla.
Baisemeaux, al conocer a Fouquet, dejó caer la espada, y con tartamuda lengua dijo:
--¡Ah! monseñor, perdonad...
--Os felicito, caballero, --repuso Fouquet, sofocado; --el servicio de la fortaleza se hace a las mil mara-
villas.
Baisemeaux se dio a entender que las palabras del ministro encerraban una ironía presagio de arrebatada
cólera, y palideció; pero muy lejos de esto, Fouquet, dijo:
--Señor de Baisemeaux, necesito hablar con vos en particular.
Fouquet siguió al gobernador a su despacho en medio de un murmullo de satisfacción general.
Baisemeaux temblaba de vergüenza y de temor. Pero fue peor todavía cuando Fouquet le preguntó con
voz lacónica y mirada de imperio:
--¿Habéis visto al señor de Herblay esta noche?
--Sí, monseñor.
--¿Y no os llena de horror el crimen de que os habéis hecho cómplice?
--No hay remedio para mí, --dijo para sus adentros el gobernador. Y con voz alta añadió: --¿Qué cri-
men, monseñor?
--Señor Baisemeaux, ved cómo obráis, pues en lo que habéis hecho hay bastante para haceros descuarti-
zar vivo. Conducidme inmediatamente adonde está el preso.
--¿Qué preso? --preguntó el gobernador temblando de los pies a la cabeza.
--¡Ah! ¿fingís no comprenderme? Bueno; bien mirado es lo mejor que podéis hacer, porque, de confesar
vos vuestra complicidad, no habría remedio para vos. Quiero, pues, simular que doy fe a vuestra ignoran-
cia. --Por favor, monseñor...
--Está bien. Conducidme al calabozo del preso.
--¿Al calabozo de Marchiali?
--¿Quién es Marchiali?
--El preso que ha traído el señor de Herblay esta noche.
--¿Le llaman Marchiali? --preguntó el superintendente, turbado en sus convicciones por la ingenua se-
guridad de Baisemeaux.
--Sí, monseñor, bajo tal nombre está inscripto en el registro de la Bastilla.
Fouquet sondeó con la mirada el corazón de Baisemeaux, y con la claridad que da el hábito del poder, vio
en él la sinceridad más absoluta.
--¿Ese Marchiali es el preso que el señor de Herblay se llevó anteayer?
--Sí, monseñor.
--¿Y le ha traído nuevamente esta noche? --añadió con viveza el superintendente, que al punto com-
prendió el mecanismo del plan de Aramis.
--Sí, monseñor.
--¿Y se llama Marchiali?
--Esto es. Si monseñor viene para llevárselo, mejor; porque iba a escribir otra vez respecto de él.
--¿Qué ha hecho?
--Desde esta noche está insufrible; le dan tales arrebatos, que no parece


 

 
 

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